domingo 30 de diciembre de 2007

Tardes de Chinchón


Mi abuela se da un aire, por no decir una fuerte ventisca, a aquella señorita… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí... Rotenmeyer. Y no precisamente por el moño. Pero lo cierto es que, cuando pide algo, su tono muta y parece Heidi: “Anda, venga, tienes que llevarme al Café, que quedé con Estrellita, Luciíta y Angelita (las Itas). Y déjame apoyarme bien en ti, que sabes que me acabo de operar la cadera, el brazo y la mano”.

Mi delgado y delicado brazo se resiente, pero la llevo. Yo no entiendo sus achaques, sus exigencias, sus tristezas. Ella no comprende por qué llevo el ombligo al aire en invierno, que salga por la noche en lugar de por el día, y que aborrezca jugar con ella y sus amigas al Chinchón, cuando supone algo “taaaan fenómeno”… Solía decirme a mí misma que era mi abuela la mala del filme; que es ella quien una vez fue joven y por eso debería entenderme a mí. Después me puse a pensar.

Nunca se trata de un conflicto generacional ni de otro motivo: la falta de entendimiento se da entre todos los seres humanos, y eso que somos los únicos seres vivientes poseedores de esa capacidad. “Antes de juzgar, camina con los mocasines del otro durante tres noches”, reza un proverbio indio. No sé por qué, pero de repente entiendo que, para mi abuela, sus tardes de Chinchón con las Itas en la casa del pueblo sean el cielo.

Magia en los detalles


“Todos nosotros convivimos diariamente con lo extraordinario. La sabiduría consiste en percibirlo por detrás de la rutina”, leyó Raymond en alta voz, pronunciando un pensamiento del brasileño Paulo Coelho. “¡Menuda tontería! ¿Te das cuenta, Lina? Si todos los días nos tropezásemos con algo fuera de lo común, nos daríamos cuenta de ello. ¡Más aún! Si realmente conviviésemos con lo extraordinario... ¡Ya no tendría nada de milagroso!”. Como cuando creía haber llegado a una ingeniosa conclusión, se rindió exhausto en el lecho, sin esperar la respuesta de Lina.

Al día siguiente, Raymond se levantó tan temprano como siempre y tomó el autobús que le llevaba al trabajo. Al subir, observó con visible enojo que la conductora llevaba un gato a su lado. Era alérgico, o al menos eso le apetecía pensar, y pensó en montar una pequeña escena, aunque cambió de opinión, por ser demasiado temprano para semejantes espectáculos. “¡Hola, Ray! ¿De mal humor, como siempre?”. “¡Qué remedio! Siempre lo mismo: madrugar, trabajar y volver a casa. Hoy no he podido ni desayunar: Lina se terminó ayer toda la leche que quedaba”. “¡Bueno, hombre, no será para tanto! Ya tomarás algo en la oficina”. “Ya, ya. Además he tenido un sueño que me ha dejado con mal cuerpo, pero no me acuerdo de él”. “Mmm... He leído que cuando nos olvidamos de nuestros sueños es porque no los hemos comprendido”. “¡Menuda tontería! Y luego, ese gato. ¿Qué persona en sus cabales podría llevar un gato al trabajo?” “Ya. Oye, Ray, ¿has visto a ese chico de ahí, el que llora?”. “No. No me había fijado. ¿Le conoces?” “Trabaja con nosotros desde hace un año ¿nunca le habías visto? Su novia murió en un accidente hace sólo un par de meses. Probablemente llora porque ella ya nunca podrá acabarse la leche del desayuno. Ray, debes mirar de otra manera, buscar lo extraordinario de la vida”. “¿Cómo dices?” “Lo que oyes. Busca la magia que se esconde en los detalles”. “¡Menuda...!”

Tras una dura y silenciosa jornada, Raymond tomó el autobús de vuelta a casa. La casualidad quiso que la conductora fuese la misma de por la mañana. Raymond buscó al gato con la vista, pero no lo halló. Lo que sí encontró fue una mirada melancólica y perdida. “¿Le ocurre algo, señorita?” De pronto, una sonrisa triste, de agradecimiento, inundó el rostro de la joven. “Mi gato ha muerto. Bueno... en realidad, no era mío. Lo encontré hoy, antes de comenzar a trabajar. Estaba gravemente herido ¿sabe? Pensé que podría llevarlo a casa y curarle, pero no aguantó tantas horas. Si pudiese volver atrás, quizá lo hubiese hecho... quizá hubiese dejado el autobús. Sí. Ya encontraría otro empleo. Qué más da. Ya ha muerto”. Raymond le cogió de la mano y le sonrió con ternura. Después, una voz ronca informó a gritos de que aquel autobús no era un autocine, y pidió de forma áspera que arrancase inmediatamente el vehículo. Al bajar, Raymond sintió que le inundaba una felicidad inaudita. Antes de entrar en casa, se fijó en un globo que flotaba lentamente en el aire y se dirigía hacia él. Lo tomó entre sus manos y se adentró en su hogar. Su mujer se encontraba dormitando frente al televisor y, tras mirarla con ternura, resolvió no despertarla. Se asomó a una ventana y dejó que el globo volase a su antojo. Estuvo siguiendo su rumbo un minuto o quizá dos, hasta que se posó en el suelo. En aquel momento, una señora con un cochecito pasaba por allí. El niño, alborotado ante aquel milagro, pataleó intentando alcanzarlo, y su madre lo recogió para dárselo. Raymond no podía dejar de sonreír. Lina, entonces, despertó de su siesta y le pidió perdón por haber terminado la leche el día anterior para hacer la tarta favorita de Raymond. En aquel momento, él se acordó de la pesadilla que había tenido: Él iba por un camino recto, llano, marrón y triste, y, a su alrededor, se extendía un campo verde lleno de vida y majestuosidad, pero al que no podía acceder de ningún modo, por más que lo deseaba.

Quizá ese día todo era diferente


Se levantó a las tres de la tarde, como venía haciendo desde hacía meses. Apenas pudo probar bocado de aquella hamburguesa rancia que había pedido el día anterior a un restaurante de mala muerte, cuando sonó el teléfono:

Quién.

Hija, soy yo, ¿cómo estás?

Como siempre, mamá.

Claro... ¿Ya has mirado lo del trabajo?

No, mamá. No me apetece.

Oye, cielo, déjame ir a verte, anda. ¡Hace días que no nos vemos!

Qué gracia. No, mamá. Ya nos Veremos la semana que viene. Hoy quiero estar sola ¿de acuerdo?

Bueno, hija, como quieras.

Antes de sentarse en el sofá, levantó la persiana. Hacía semanas que no lo hacía. “¿Para qué?”, pensaba. “Quizá ese día todo era diferente”. De repente, notó la luz del sol entrando por la ventana, en su cara, en su cuello. Se sintió bien, tranquila, como hacía ya tiempo que no se sentía. Lentamente, comenzó a ver cuanto había a su alrededor: la mesa grande, las sillas, la lámpara, la moqueta, el mismo sofá sobre el que estaba... Todo le parecía más hermoso que nunca. Se levantó, se asomó de nuevo por el ventanal y dirigió sus ojos al sol. No le molestaba. Pensó que se alzaba más bello que nunca, y, después de seis meses llorando, por fin sonrió. Decidió que el accidente, el haberse quedado ciega no la iba a matar. Lucharía.

La Mancha de Londres


En un determinado punto de los sucios pasadizos de una populosa estación del metro de Londres... siempre se forma la misma mancha.

Cuando uno la ve por vez primera parece de agua, de zumo, o de una bebida gaseosa que algún desconsiderado no inglés ha tirado allí en medio.

Pero cuando al día siguiente o al otro uno pasa de nuevo por allí, descubre que la mancha siempre está en el lugar exacto. No un poco más a la derecha; no un poco más a la izquierda, sino allí. Allí mismo.

Y si el tal uno decide pasar a las siete de la tarde por aquel determinado punto de los sucios pasadizos de una populosa estación del metro de Londres, descubrirá a un hombre. El hombre que no cesa de limpiarla. Siempre. La misma mancha. Todos los días. A la misma hora.

Con la mirada anclada en otro tiempo; en otro espacio; con la cabeza gacha pero el cuerpo erguido, ese hombre intenta quitar la mancha que nunca se quita. Él sabe que es imposible limpiarla, que debe de ser de una grasa especial y que a buen seguro gotea de forma intermitente aunque invisible de un techo abierto que la observa.

Pero ése es su trabajo. Se lo ordenan y él lo hace. Nunca se le ocurriría protestar por ello. Quién sabe; quizá un día, si se quejase por ello, le quitarían el puesto y se lo darían a otro. ¿Por qué iba a hacerlo, además? A él no le molesta frotar aquella mancha. De hecho, se pasa todo el día limpiándolo todo de una pasada, sin volver a pasar por el mismo punto. Pero ése; ese punto es diferente. Él sabe que allí hay algo esperándole sólo a él; algo inamovible; algo eterno. A él ya no le importa nada más de su trabajo. Solamente intentar quitar la mancha, sin saber que en el fondo no desea quitarla.

Sin saber eso, y que hay una compañera suya que todos los días, siempre antes de las siete, deja caer aceite en aquel determinado punto de los sucios pasadizos de una populosa estación del metro de Londres.

Lágrimas de Cera


El agua caía atropelladamente; las gotas competían por llegar antes al suelo. Mi estado de ánimo se asemejaba al del firmamento; las lágrimas brotaban de mis ojos, de igual modo que la lluvia, del cielo. Las calles descansaban vacías, las almas guardaban en sus casas. Sólo caminaba conmigo la añoranza de otros tiempos, y el hastío de un presente ladrón de esperanza de un futuro mejor.

Entré en un comercio para esconderme de mí, y allí estaba majestuosa, alzándose en lo alto de una estantería: una vela soberbia, del color de la rosa. La tomé en mis manos, al tiempo que alguien susurró: “Es especial”. Sentí un escalofrío y me fui.

Cuando llegué a casa, la opresión que reinaba alrededor de todo cuanto yo tocaba regresó. Coloqué mi adquisición en la mesita, olvidándome de su supuesta peculiaridad. Entonces le murmuré al aire que leería una novela, pero me distraje enseguida. “Novela. No vela”. La miré. Desprendía mucho calor y me alegré de tenerla. De repente, o mucho más tarde, en la quietud de la noche, escuché un sonido débil. Un lamento. El ruido podía provenir de cualquier piso vecino. Sin embargo, aquel suave quejido se fue intensificando poco a poco, y pensé en la vela. Me quedé mirándola horrorizada, aunque todavía incrédula, esperando que el sueño me transportase. La cera se deslizaba en forma de lágrimas, mientras formaba una figura, cada vez más grande. Observé su fantasmagórica forma, que pasó a convertirse después en un exótico animal, semejante a un lagarto. Continué hipnotizada por la vela y sus creaciones. Pensé que en los pequeños detalles de la cotidiana vida se encuentran las respuestas a las más elevadas cuestiones; que aquella vela no cesaba de proferir sus lamentos, al igual que yo lo venía haciendo desde hacía meses, y de modificar la figura que descansaba pegada a sus pies. Pensé en la crueldad del fuego, que vaciaba a aquella inocente vela, sin compasión. No... era la cera quien deseaba salir de allí, con distinta forma, con otro aspecto. Quizá la cera se encontraba cansada de ser vela. Tal vez quería convertirse en fantasma o lagarto. De repente supe que la cera lo sabía todo; la envidié. Ella era la luz, la sabiduría. Podía convertirse en lo que quisiera. Caí rendida. Soñé que me convertía en fantasma, en lagarto; en lo que yo desease. Al levantarme comprendí que podría ser cualquier cosa.

Me gustan más largas


Me gustan más largas. Necesito una más larga.

La vida está hecha de etapas, pero las primeras, aunque son en las que más disfrutas, son muy cortas. Y cuando una se termina resulta terriblemente doloroso. Por eso, la protagonista suspira por que llegue una más larga. Está harta de enamorarse de las cafeterías, las calles y las personas de su trabajo y tener que olvidarse de todo, tan sólo por cambiar de etapa.

El letrero de fondo blanco con la tipografía en negro que informa a la capital que yo trabajo allí imponía bastante los primeros días, pero ahora me llena de orgullo.

Entro por la puerta. Adoro entrar por ella y ver al vigilante que siempre sonríe a todos, pero de distintos modos sin cansarse nunca, así que procuro imitarle. Pero no sólo con él mismo, sino con los demás; con todas las personas que se cruzan conmigo.

La primera vez que entré por esta puerta había otro vigilante. Era serio y parecía hastiado de trabajar allí. El pasillo era oscuro, sin ventanas, gris y rojo; el más feo que he visto en mi vida. El pasadizo al infierno. Mi padre siempre afirma contundente que la empresa en la que uno está en un determinado momento es la empresa de su vida. Pero yo sé que ni mucho menos es cierto. Sé que me iré, que luego otra será la empresa de mi vida, y que a continuación me volveré a ir a otra empresa de mi vida totalmente diferente. Quizá en el pasado sí, pero ahora uno no se puede engañar tanto. Sabes que te van a echar, o que te irás tú, desesperado, porque no acaban de echar una firma en ese papel que tú mueres por firmar.

Hoy este pasillo lo veo emocionante. Un túnel que voy recorriendo hasta llegar al ordenador que me permitirá dar a conocer grandes historias, hasta gente a la que quiero volver a ver, y lo más importante, hasta llegar a él.

Al final, uno sólo recuerda lo bueno. La naturaleza sabe tanto, que para alivio de todos borra los malos momentos y hace que prevalezca lo único que merece la pena.

Ya no me acordaré por tanto de esa confianza que nunca sentí que se me daba; ni de las horas muertas sin hacer nada ni hablar con nadie porque ellos parecen decidir cuándo llegará el momento.

Quiero una etapa más larga; la necesito. Una etapa más larga, para poder disfrutar de mi amor, de las sillas, de las mesas, de los ordenadores, de la gente. Quiero una etapa más larga, para aprender a hartarme del trabajo; para parecer más española.

Me voy aunque nadie lo nota. Cierro la puerta tras de mí, dejando una estela de vacío para nadie. Me voy aunque haya gente que nunca supo mi nombre, y yo dejo a personas a las que quiero sin saber el suyo. Deshago el camino que tantas veces he hecho hacia la luz, y vuelvo a la oscuridad bañada por la luz del día, con la que yo no veo nada.

Me gustan las cosas que brillan en la oscuridad. Y él lo iluminaba todo. Ojalá esa luz se pudiese comprar.

Sentada en una mesa escondida de una remota cafetería, escribo y lloro sintiendo que me observan curiosos sin derecho a saber lo que me pasa; sabiendo que no echaré de menos a los camareros antipáticos; a los compañeros que nunca me dirigieron la palabra porque creyeron que no les podría contar nada interesante; a los terribles dolores de espalda; a los jefes que ni te miran; a los que te tienen que mirar pero no enseñan.

Sentada en una mesa escondida de esta remota cafetería, escribo y lloro siendo consciente de que no debería añorar a aquellos que no notarán mi falta, pero aún así, no pudiendo evitarlo porque de todo eso me llevo algo conmigo que ha contribuido a formar mi alma.

Me marcho queriendo a alguien que pronto se olvidará de que existí. Me marcho llorando y sin despedidas, a la francesa, para que el color de mi tristeza no desentone en un cuadro de vistosas pinceladas. El mismo pintor querría borrarme del lienzo en este momento. Aquí ya no hay lugar para mí. Es hora de que pinten encima sin mirar debajo, sin volver la vista atrás.

Pero otro lienzo mejor que éste está aguardando pintarme sobre él.