miércoles 16 de enero de 2008

El Pez Bobo (Premio Finalista en el concurso de relatos del Bajo Narcea-Nalón 2008)


No puedo olvidar aquel olor, la inquietud de todos al preparar el cebo, la fuerza al tirar la caña, la incertidumbre y la tensión al aguardar en silencio...

A nosotros nos iba la vida en aquello. Observé cómo uno feúcho se acercaba a aquel gusano enredado en la caña, y que a mí particularmente me parecía muy poco apetitoso. Lo olió, se separó de él, dio unas cuantas vueltas alrededor, volvió a olisquearlo... y picó. ¡Picó! Parecía que no iba a caer, pero al fin lo hizo.

¿Cómo podía ser tan estúpido? Peces como aquél eran los que daban mala fama. Ahora sabía a qué se referían cuando hablaban del pez bobo: seguro que a peces como aquél. Yo nunca me dejaría coger.

domingo 13 de enero de 2008

El Loco


“¿Quién me lo iba a decir a mí? ¿Quién? ¡Yo! ¡Abogado! ¡Ahora es tarde! ¡Nada que hacer!”

Bebía un solitario café en mi casa, cuando empecé a oír unos gritos provenientes de la calle. Abrí la ventana de mi séptimo piso y allí le vi: Era un hombre mayor, que declamaba cual protagonista en función teatral en hora punta.

“¿Quién? ¡Yo no me conformo! ¡Pero hay que hacerlo!”

Era evidente que debía de estar borracho, pero me extrañó porque eran las tres de la tarde e iba muy bien vestido. Menuda tontería. Cómo si los bien vestidos no bebiesen. Esos precisamente tienen más dinero para beber.

“¡Me confundí...!"

Lo cierto es que declamaba como yo nunca antes había oído; incluso sus risas sarcásticas eran de lo más histriónicas. Alzaba las manos al cielo implorando, y se giraba a murmurar algo a alguien que nadie más veía.

“¡Hastaluego!”

Saludaba a gente que iba en coche, y que debían de mirarlo extrañados; hacía carantoñas a los perros que pasaban con sus confundidos dueños; y dibujaba graciosas reverencias hacia las señoras que paseaban por su lado.

Se sentó un momento mientras perdía su vista en un tiempo en el que nadie vivía ya, pero pronto se levantó para cruzar la esquina, que hacía que yo le perdiese de vista.

Algunos seguían riendo a su paso, otros le miraban atónitos creyendo firmemente que los locos no pueden existir, y yo... yo no podía dejar de sonreír feliz, porque acababa de ver a un artista; o sólo a un loco; o a un loco y a un artista, pero en cualquier caso, a alguien único.

martes 8 de enero de 2008

Vida es Magia


Aborrezco madrugar. Más aún, si la causa de mi desvelo se llama trabajo; y de un modo mucho más acusado, si la razón por la que me levanto pronto se apellida banal e insulso. Aquel día contenía todos estos ingredientes que tan mal me saben, así que mi cara era un poema, mal construidos los versos. Debía ir a un colegio de primaria a cubrir una estúpida obra de teatro que una profesora había escrito para las niñas de segundo. Menuda historia. El reportaje del año. Ni el embarazo principesco superaba aquello. Llevaba trabajando un par de meses en un periódico local, y todo lo que me encargaban respondía a ese tipo. A esa clase de asuntos que uno desconoce cómo calificar. Sabía que los primeros años en esta profesión resultan duros, que cuando se empieza, uno no puede ni soñar ocuparse de lo importante, cuando es precisamente la juventud la época en que más se tiene que decir. De acuerdo, no hiperbolizaré, pero sí hay bastante que comunicar, y de un modo pasional y puro que no consigue otro objetivo que menguar con el cruel paso del tiempo. Pero contra esto no se puede luchar demasiado; el sistema se alza frío, gris y casi impenetrable.

Así que fui a aquel colegio para dar cuenta histórica de la inédita obra teatral titulada “La vida es mágica”. Cuando pasaron los minutos suficientes como para enterarme de qué iba todo aquello, pensé que a la maestra se le habían caído un par de tuercas y algún gracioso las había escondido bien lejos. La protagonista del relato teatral es una niña a la que le quedan pocos meses de vida, y sus compañeras animan sus últimos días con bonitas historias fantásticas, que comienzan en la tierra y terminan en el cielo. Al ver el pasmo en mi cara, la directora del centro se acercó a donde yo estaba y explicó: “Sé que parece un tema inadecuado para niñas tan pequeñas, pero ella se muere de verdad y fue idea suya representar la obra para su madre”.

En ese mismo momento, el mundo me aplastó de tal forma que parecía llevar puestos zapatos de tacón de aguja. No podía dejar de mirar hipnotizada a aquella niña tan sonriente que escuchaba de sus compañeras aventuras impensables que acababan en otro mundo, porque “la vida es mágica y va más allá de ella misma, de modo que nunca termina”, repetían dulces y convincentes sus compañeras en mi
cabeza.

Nada más finalizar el acto, la pequeña protagonista corrió a sentarse a mi lado, me cogió de la mano riéndose y preguntó por qué me caía una lágrima. “No llores, tonta. Tienes que reírte. Cuando yo lloro, cierro los ojos y no puedo ver lo demás. Y quiero verlo. ¿Tú no?”. Me sentí estúpida, conmocionada, pero feliz, porque había aprendido que la vida es pura magia y que ésta se encuentra en todas partes, auque no la veamos. No se ve, pero si uno quiere, la siente.


domingo 6 de enero de 2008

Cadena en Carretera


Mi padre había estado todo el año poniendo su mayor empeño en un trabajo de horas interminables y responsable de un estrés demoledor. La recompensa, unas vacaciones junto a su mujer y su pequeña recién nacida. El viaje era largo, de Asturias a Alicante, y el día anterior él había llegado muy tarde a casa para dejar atados algunos cabos sueltos. Nada importaba, ya que ese viaje iba a ser el primero con su familia, y quería que fuese perfecto.

Así, al día siguiente, cuando el reloj marcó las ocho, los tres estábamos de camino hacia Alicante. En un momento dado, mis padres observaron que un vehículo estaba parado en el arcén de la autopista. "Qué peligro", se limitaron a comentar.

El viaje transcurrió entretenido: música de los Beach Boys, un sol radiante y sonrisas cómplices.

Una verdadera delicia que nos envolvió a todos, sin dejarnos ver nada más. Tan ocupados habían estado los días de mi padre, y tan tranquila estaba transcurriendo la marcha, que nadie se acordó de que era necesario repostar.

Habíamos pasado hacía horas Madrid, cuando el coche empezó a dar tumbos en mitad de la nada, y mi padre cayó en la cuenta de lo que sucedía. No podía creer que aquello le estuviese ocurriendo a él, un hombre tan precavido. Pero el destino es sabio, y el coche, en unos minutos, se quedó sin una gota de gasolina. En aquel arcén, en aquellos tiempos, no había a quién acudir: sin móviles, ni postes de socorro, ni nada de nada.

Tras un hora que parecía no tener fin, un hombre paró su coche y espetó: "No me digan nada; la gasolina", y, mientras mis padres asentían nerviosos, él sacó una lata de gasolina. "¿Tienen algún recipiente donde pueda echar unos litros?". Mi padre me arrebató el biberón con una sonrisa, y cogió otros dos que teníamos por si acaso.

"¿Cómo puedo pagarle?", preguntó agradecido mi padre, sacando su billetera. El misterioso hombre apartó la cartera, y pidió: "Compre un par de latas, y si alguna vez ve a alguien parado en la carretera, reparta la suya. Cuando eso ocurra, habrá pagado la deuda".

Hace un par de meses, con unos 23 años más a mis espaldas, iba yo con mi padre en coche a León. De repente, vimos un vehículo parado, y mi padre no dudó un segundo en detenerse. "No me diga nada; la gasolina", sentenció mi padre, al tiempo que sacaba su latita. "¿Tiene algún biberón por ahí? Digo... ¿recipiente?".

Cuando el hombre quiso pagar, mi padre nos contó a él y a mí una historia que nunca olvidaríamos.